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Post Ana Turmac, 8 marzo, 2026

Carta a las mujeres en un mundo que aún tiene que cambiar

mujeres en una manifestación feminista sosteniendo un cartel por los derechos de las mujeres

Para las que viven, resisten y sostienen el mundo cada día

Esta carta quiere nombrar algunas de las desigualdades que viven las mujeres hoy en el mundo. El 8 de marzo no es un día de felicitaciones, flores o discursos amables. Es un día para mirar con claridad el mundo en el que vivimos las mujeres.

Un mundo en el que muchas cosas han cambiado gracias a las luchas de quienes vinieron antes que nosotras. Pero también un mundo en el que muchas desigualdades siguen presentes; algunas de forma brutal y visible, otras de maneras más silenciosas.

Hoy, en España, la brecha salarial entre hombres y mujeres sigue rondando el 20 %. En menos de tres meses de este año, 10 mujeres y 3 niños han sido asesinados por violencia de género. Cada día se interponen más de 500 denuncias por violencia de género. Y cerca del 80 % de las denuncias por delitos sexuales afectan a niñas menores de edad.

Estas cifras no son solo estadísticas. Son vidas. Son historias interrumpidas. Son niñas y mujeres que no pudieron vivir con la libertad y la seguridad que merecían.

Por eso el 8 de marzo no es un día de celebración. Es un día para recordar que todavía queda mucho por cambiar.

Las desigualdades no solo aparecen en los datos más visibles. También viven en las estructuras que organizan la vida cotidiana. Siguen presentes en los espacios de poder, donde la mayoría de los puestos de decisión continúan en manos masculinas. En los cánones de belleza que presionan a las mujeres desde edades muy tempranas, sosteniendo industrias multimillonarias a costa de su inseguridad.

Incluso en la medicina: durante décadas, la investigación científica tomó el cuerpo masculino como referencia universal. Protocolos, estudios clínicos y ensayos farmacológicos diseñados sin considerar las diferencias del cuerpo femenino. Las consecuencias son reales: diagnósticos tardíos, enfermedades infradiagnosticadas, tratamientos que no contemplan a la mitad de la población. Procesos como la menstruación o la menopausia siguen estando insuficientemente investigados. Y eso también tiene un coste en la salud y la calidad de vida de millones de mujeres.

Hay algo que ocurre cada día y que rara vez aparece en las estadísticas. Existen creencias profundamente arraigadas que siguen organizando la vida emocional de muchas mujeres: la autoexigencia constante, el miedo al juicio, la dificultad para poner límites, la culpa por priorizarse.

Es esa voz interior que muchas conocen bien: «Podría haberlo hecho mejor.» «Tengo que poder con todo.» «No debería sentirme así.» «Si digo que no, pensarán mal de mí.»

Estas voces no nacen de la nada. Son el eco de siglos de mandatos culturales sobre lo que significa ser mujer. Mandatos que enseñan a cuidar antes que a cuidarse. A sostener antes que a pedir apoyo. A adaptarse antes que a poner límites.

Por eso este 8 de marzo también es una reivindicación de todo lo que permanece invisible.

Invisible como el trabajo de cuidados que sostiene la vida cotidiana. Invisible como el desgaste emocional que muchas mujeres cargan en silencio. Invisible como ciertos roles femeninos que siguen siendo tratados con sospecha o desprecio.

Uno de esos roles es el de la madrastra.

Una figura que la historia ha representado casi siempre como amenaza. La mujer que llega a una familia reconstituida y queda automáticamente bajo sospecha. La que cuida sin terminar de ser incluida. La que sostiene sin que su lugar sea reconocido. Mujeres que construyen vínculos reales con niños y niñas que no han parido. Que acompañan, que cuidan, que sostienen. Y sin embargo, el mundo sigue mirándolas como si sobraran.

Hoy también nombramos a las que han amado sin que se valide su lugar. A las que han cuidado sin recibir reconocimiento. A las que han construido algo real en espacios donde la cultura aún las trata como intrusas.

El 8 de marzo también es para ellas. Porque la igualdad no se construye solo en los grandes discursos. Se construye cuando empezamos a cuestionar las historias que durante siglos han definido qué lugar deben ocupar las mujeres en el mundo.

Las mujeres no buscamos ser excepcionales. No buscamos ser la primera ni la única ni la mejor. Buscamos algo mucho más sencillo y mucho más radical: ser una más entre muchas que puedan vivir su vida con libertad. Tomar decisiones. Construir relaciones. Elegir caminos. Igual que los hombres han podido hacerlo durante siglos.

Este no es un día de venganza. Es un día de justicia.

Un día para detenernos, tomar conciencia y reconocer que el mundo todavía tiene mucho que cambiar. Y que esos cambios empiezan cuando somos capaces de nombrar lo que ocurre, incluso aquello que durante mucho tiempo se ha mantenido en silencio.

Porque cada vez que una mujer alza la voz, cada vez que una historia se cuenta, cada vez que algo invisible se hace visible, el mundo se mueve un poco.

Ese movimiento forma parte de una historia mucho más grande. Una historia que millones de mujeres han construido antes que nosotras.

Y que todavía estamos escribiendo.

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